lunes, 26 de julio de 2010

El fin de este mundo ( The book of Eli & The road)

La ideología fatalista que anda deambulando en el mundo con preanuncios bélicos, juegos fríos a distancia y aumento de armamento nuclear se está, pareciera, asentando en el cine. Ya es una postal hoy en día toparnos con decenas de Films que retratan un posible Apocalipsis en nuestros días. De todas las naturalezas y de todos los enfoques, vemos cómo se azotan las diferentes ciudades y pueblos del mundo, cómo los hombres se vuelven lobos de sus propios hombres, cómo el hambre y la falta los vuelve animales de un día para el otro, llevándolos a luchar entre ellos por sobrevivir. Las promesas de una civilización feliz se desmoronan en estas películas y el mundo se vuelve un criadero de “puros” caníbales (algo recurrente), rastreadores, seres agotados de humanidad. De alguna manera pareciera que todo vuelve a un Estado de Naturaleza pero con la racionalidad o conciencia de esta época.

The book of Eli es tan poco creíble que ni los mismos personajes creen en su situación. Con un cansado Denzel Washington (pareciese que no tiene muchas ganas de interpretar su personaje) en una situación un poco rebuscada (justo viene a caer en un pueblo donde el malo -lo mejor de la película: Gary Oldman- quiere lo que Denzel lleva, que es un libro sagrado), con una compañera imprecisa en su actuación, la actriz ucraniana Mila Kunis que no sabe pasmar el momento que se está jugando y que hace todo lo posible por arruinar el clímax de drama, histeria o valla a saber qué.
Sí me parece digno rescatar un precioso travelling de ida y de vuelta en el momento en que surge la balacera a la casa en la que están escondidos los personajes “buenos” de la película. Un buen juego de cámara de los jóvenes hermanos directores.



The Road en cambio es una apuesta fuerte. Aquí un padre hace lo posible por aconsejar a su hijo que marche por un camino que no le haga apagar su fuego interior, que no permita abandonar su estado civilizatorio en pos de lo que se considera la “pura brutalidad del hombre”. En un momento en que la humanidad se disputa el sobrevivir lo mejor que se puede, un padre hace lo posible por ser un mejor padre.

miércoles, 14 de julio de 2010

Sobre gustos hay mucho escrito (el caso "Hiroshima mon amour")





Hace un tiempo leía en una revista una nota en la cual diversos intelectuales y artistas de todas las gamas (cineastas, actores, escritores, teóricos, entre otros) denostaban ciertas obras de la cultura que para muchos son joyas de la humanidad. Me encontré con gente que a su parecer, la que crítica y popularmente se piensa la mejor obra literaria de Neruda, 20 poemas de amor y una canción desesperada, era “literalmente” una basura cursi y melancólica que tiraba por la borda el Neruda social y comprometido. En este sentido, y con fundamentos bastantes interesantes, elevaban Residencia en la tierra o el Canto General a obras que consideraban lo definían mejor poéticamente.

En esa revista, o mejor dicho, en esa nota de la revista, leí como grandes obras de todos los siglos eran despelechadas de su cáscara de oro por artistas de gran talla. Por esta especie de guillotina crítica y despiadada (y digámoslo, envidiosa) se cortaba la cabeza a un Quijote, a un Orson Welles, a un Saramago, a un vals de cierto renombre, a la Garbo, entre otros.

Obviamente debemos tener en cuenta que esta “supuesta demencia” debe ser entendida en términos de gustos o mejor dicho, de subjetividad. Que a uno no le guste Ficciones de Borges, o que le parezca Milan Kundera un marxista fracasado, depende de lo que uno piense sobre ese autor u obra (términos un tanto complicados después de tanta marea sobre ellos). Igualmente no creo que la definición o el status de una obra pase por la historia personal de un autor, pero sí creo que es mi lectura y mi apego a un historia personal que me define, lo que haga que me “guste” o “no me guste” una película o un libro. Sé que siempre hay una lectura que es atravesada por múltiples lecturas, ninguna de las cuales quizá es mía, pero en el fondo el que lee o mira en ese instante es un yo, atravesado, pero un yo al fin y al cabo. Con esto me estoy refiriendo a que una crítica de cine no debe condicionar el cómo ni el qué de una película. Sí me parece que debe ser un anexo o una posibilidad. La crítica es parte constitutiva del cine pero no determinativa. El gusto o el credo personal en última instancia es el que condiciona. A mi sí me gusta Borges, sí Kundera, sí Welles, sí el Quijote, no Chinatown de Polanski, no El tercer hombre de Welles, no Batman, sí la crítica de una revista argentina sobre Hiroshima mon amour de Alain Resnais, sí la crítica dialogada de un amigo de Chinatown, y así…
La posibilidad que da la crítica es la de oír posibilidades. Nunca está mal escuchar al otro para ver que nos dice. Puede que en su análisis encontremos algo que por ahí se nos escapó o que inimaginemos.

 Hiroshima mon amour no me gustó. Me parece un desorden amoroso que lleva al tedio. Mucha insistencia en algo que no está o no es me causa un poquito de cansancio. Empecé con mucho ánimo a tratar de ver la filmografía de Resnais, creyendo que mirando lo mejor en primer lugar (o al menos lo que la crítica considera lo mejor) iba a provocar un deseo de aventurarme en su obra. Pero fallé. Una vez más lo popular no da seguridades. Con esto no estoy diciendo que abandonaré la empresa de mirar sus películas pero sí de tener más cuidado con los preconceptos. Tampoco estoy siendo contradictorio con el Cahierismo (del cual soy admirador) dado que no todo lo de la Nouvelle Vague me fascina ni creo debería serlo así. Los fanatismos exagerados me huelen en algún término a mentira.

Simplemente encuentro en ese estado fugaz de la relación del japonés y la francesa (Emmanuelle Riva, nada más ni nada menos) un abrumo o sobreexageración de la trama. Un instante sencillo, una reconstrucción del pasado en el final de una guerra atroz, una expectativa de amor que no se da, un guión de Marguerite Duras, son grandes motivos que movilizan al espectador a husmear la película, y me gustaría que la vean. Pero su ritmo lento, cargoso y exasperante no es fácil. Y eso que el ritmo lento me atrae, como en Van Sant o Majewsky. Pero aquí me retrajo. Demasiada carga intelectual puede no ser siempre una gran obra de arte.

Abran los ojos, vean bien, y principalmente lean con cuidado las críticas (con mayor motivo esta).

El gusto es algo que se quiere dominar, a pesar de que lo mientan. A mi parecer sobre gustos hay mucho escrito.


sábado, 10 de julio de 2010

Lo raro visto por lo raro


Foucault ha pensado hace un tiempo que todo aquello que era denominado como “anormal” (llámese si quieren loco, preso, homosexual, etc.) era constituido por un discurso de aquello/s que se creían “normales”. Por ejemplo, las definiciones de la locura han mutado desde siempre a lo largo de la historia, de acuerdo a cómo cada época pensaba, miraba, definía, lo que para ella era la demencia. En razón de esto, todo aquello que no ingrese en la normatividad de una sociedad normal determinada, es considerado anormal, raro, extraño, queer.

Lo interesante del film “Canino” es ponernos a pensar por qué ese estilo de vida nos parece raro. ¿Por qué creemos que el comportamiento de esa familia es poco normal? ¿Será porque nuestro modo de vida es distinto y pensamos de acuerdo a la legalidad de lo que en una sociedad está bien hacer? En este sentido la familia que nos muestra la película no ingresaría en ese cuerpo legal. Pero hay una pregunta un poco más interesante para hacernos con respecto a lo dicho:
¿Y si en verdad nosotros somos los “distintos” y no ellos?

Como bien sabemos, la familia “tipo” norteamericana de los años 50 fueron parangón de ideal de familia durante esos años (y que por cierto hoy siguen estando en vigencia) dibujando qué era lo “correcto” para un modelo familiar, como se debía vivir y reproducir, basado en una jerarquía perfectamente delineable, un esquema económico reconocido, apegado en la fuerza de trabajo como modelo de vida, con un apego dependiente en la tecnología, etc.

Como podemos ver, hemos instalado en nuestro orden cotidiano de vida un modelo creado, adecuado y sumamente acrítico, a los intereses del capitalismo. Este modelo económico, fundamentado en un pequeño conjunto de empresas que dominan el mundo, es el que determinó lo que es bueno, lo que es malo, lo que es feo en una sociedad. Siempre persiguiendo una reproducción de dicho modelo.

Canino muestra la quebrazón de un orden conocido. Esta familia no responde psicológica como lingüísticamente a un sistema de ideas, de creencias, de cosas, de palabras, de legalidades habituales.
Es obvio que la película desestructure al espectador. Un espectador reconocido en un esquema cotidiano de vida, que cree que lo normal de una sociedad es natural, ahístorico, no impuesto, que cree que sus pensamientos son originados por él mismo, sin pensar (ironía retrógrada del pensamiento) que una escuela con un sistema de valores predeterminados por la hegemonía, lo instituye educándolo.

Aplaudo la brillante idea de Giorgos Lanthimos y permítanme seguir insistiendo con la pregunta:
¿Y si en verdad nosotros, el resto, el afuera de ese círculo familiar, es verdaderamente lo raro?

miércoles, 7 de julio de 2010

La última cena


En este exceso del banquete (sarcasmo asqueroso de cuanta cena, almuerzo, desayuno, etc. se imagine cada uno)  la única ley que rige es la de comer. Ni siquiera el sexo es importante. Incluso Phillipe, el abogado, olvida las normas del buen vivir propias de su profesión y al que se ajustan todas las sociedades “civilizadas”, en pos de saturarse hasta reventar, saturar el cuerpo.

¿Qué motivo los lleva a estos señores a semejante desperdicio? ¿Qué genio puede imaginar una orgía culinaria que tenga entre ojos la muerte? ¿Y por qué hasta la muerte?
Más allá de que se piense en una crítica a los desenfrenos de la burguesía, es importante recordar que se trata también de una imagen grotesca del derroche del hombre en general.

No se si tuvieron la oportunidad de leer “El Satiricón” de Petronio y recuerdan esa cena también famosa de Trimalción (que adaptó a su fiel sello el prepotente y genial Fellini) donde la vulgaridad, la desmesura y el asco, pareciera, son percibidas únicamente por el lector. Los demás personajes rodean las escenas con un descompromiso ético fuerte, como si fuera común determinadas acciones. En “La gran comilona” sucede lo mismo a medias. No sólo nosotros vomitamos la gula de imágenes de esos hombres que a cada rato justifican sus existencias engullendo comida, o rodeamos repletos de asquerosidad la casa en la que se internaron, ya sea en el baño o en la cocina; sino además lo hacen aquellos personajes que no ingresan en el círculo reducido de su inexplicable vida, como por ejemplo, las prostitutas. Pocos, parece, tienen esos valores simbólicos necesarios (o el apetito) para ingresar a su selecto modo de vida, como esa extravagante profesora que hace caso al título en español de la película.

Genial modo de entender la burguesía en su auge la de este cineasta, Marco Ferreri pero a la luz de la actualidad un tanto obsoleta. Aun los burgueses siguen su festín, no se han empachado con sus excesos ni muchos menos han explotado por su propia lujuria.
 
Ferrari, con un gesto profundo, sobre la mesa, nos muestra que los vicios del ser humano aparecen también cuando se come mucho.